La guerra de destrucción mutua garantizada en las noticias falsas

Facebook ha pasado un par de años realmente malos con las noticias falsas. La gente parece haberse obsesionado con el tema, cómo si las cadenas públicas de televisión no hubiesen estado nunca manipuladas informativamente. Ahora la moda es acusar a los rusos y a Donald Trump de publicar noticias falsas sobre Ucrania y todo tipo de bulos para alterar los resultados electorales. Pero conviene recordar que el primero en dar la campanada en EE.UU. con el uso de las redes sociales para recaudar fondos y movilizar votantes fue Barrack Obama.

Todas las redes sociales importantes han iniciado algun tipo de acción contra las noticias falsas. Una métrica creada por University of Michigan’s Center for Social Media Responsibility afirma que el porcentaje de contenido dudoso en Facebook alcanzó su máximo en marzo de 2017 con un 8,1% de noticias dudosas y que cayeron hasta el 3,2% en noviembre de 2018. Una tendencia similar se observa en Twitter con una reducción de noticias dudosas desde el 5,6% en noviembre de 2016 hasta el 4,2% en noviembre de 2018. Es decir, al menos hasta cierto punto, las políticas de las redes sociales contra las noticias falsas están funcionando. La red que lo tiene más difícil es WhatsApp debido a que los mensajes están encriptados en los servidores y, por consiguiente, no es posible leerlos con algoritmos de inteligencia artificial para filtrar contenidos automáticamente. Otra cuestión a debatir sería si las medidas se adoptaron a tiempo o si las plataformas deberían autoregularse más cómo si fuesen un medio de comunicación en vez de un medio a través del cual cualquiera puede compartir cualquier cosa.

Es innegable que las redes sociales tienen una fuerte influencia en las noticias. Según un estudio de Pew el 68% de los estadounidenses se nutren de noticias a través de las redes sociales al menos de vez en cuando. Y de ellos el 57% creen que las noticias en las redes sociales tienden a ser inexactas. Es decir, la mayoría de la gente ya no se cree lo que lee.

Yo dudo que nadie haya obtenido una ganancia significativa con las noticias falsas. Las redes han visto erosinada su credibilidad. Los usuarios cada vez se fian de lo que leen y de todas formas las noticias más dudosas tienden a circular entre grupos de personas que ya estaban radicalizadas.

Los recuentos de influenciadores clasificándolos por su orientación política muestran que hay aproximadamente la misma cantidad de trolls de derechas que de izquierdas. Y ya en 2014 el Huffington Post llamaba a la movilización para combatir a la derecha con sus mismas armas de desinformación.

La página en Wikipedia sobre el sesgo informativo en los medios estadounidenses explica cómo crucificaron a Donald Trump antes y después de las elecciones. Y con esto no pretendo sugerir que la campaña de Trump estuviese exenta de controversias o que la propaganda electoral en redes sociales no sirva para nada, sí que sirve y en ocasiones cualquier pequeña ventaja marca una diferencia crucial. En 2000 George W. Bush ganó el estado de Florida (clave para acceder a la presidencia) por tan sólo 327 votos de diferencia frente a Al Gore en el recuento inicial. En 2016 65.853.514 (48,2%) votantes eligieron a Hillary Clinton frente a 62.984.828 que eligieron a Donald Trump (46,1%). Sin embargo, Trump acabó ganando las elecciones porque obtuvo mayoría en 30 estados de la Unión frente a los 20 de Hillary y, según la ley electoral estadounidense, quien saca más votos en un estado obtiene todos los representantes de ese estado. Si combinamos esto con un análisis de las llamadas (neutrales) que Facebook hizo para fomentar la participación electoral, según el cual centenares de miles de personas se animaron a ir a votar tras ver que lo habían hecho sus amigos, es fácil intuir que la red social pudo tener una influencia decisiva en el resultado final de la votación.

Según varios estudios, en Estados Unidos los seguidores de derechas tienden a estar más agrupados un menos medios, mientras que los de izquierdas usan más fuentes (aunque no necesariamente más imparciales). En EE.UU. los conservadores se agrupan en torno a Fox News mientras que los liberales se reparten entre CNN, MSNBC, NPR y NYT. En España, sin embargo, hay más medios de derecha que de izquierda. Mi conclusión personal es que no importa mucho la concentración o dispersión de medios porque la gente tiende a leer sólo la información que confirman sus creencias previas excepto por un pequeño porcentaje de excépticos que en no pocas ocasiones han sido el factor decisivo en unas elecciones.

El grave problema de la personalización de contenidos es que debido a los filtros burbuja, cada usuario ve unas noticias personalizadas diferentes de las que ven los otros usuarios. La piedra angular del consenso democrático es que los ciudadanos tomen decisiones basadas en un conjunto de hechos compartidos. Pero si no leen las mismas noticias entonces tendrán puntos de vista diferentes hasta el punto de ser posiblemente irreconciliables. La tecnología no puede por sí sola solucionar la ignorancia de la gente cuando un porcentaje significativo de la población cree ciegamente en cosas que son demostrablemente falsas.

Adicionalmente, el microtargeting electoral ha pervertido la esencia de las campañas políticas, que debería ser atraer a la mayor cantidad posible de votantes hacia un conjunto de valores compartidos. En lugar de eso, se le dice a cada elector lo que quiere oir, sacando ventaja del hecho bien conocido de que los electores no evalúan en conjunto todas las propuestas de un candidato sino que seleccionan sólo tantas propuestas cómo se pueden contar con los dedos de una mano y votan a un partido político basándose sólo en tres o cuatro cosas.

No parece haber un vencedor claro en las guerras de desinformación, sin embargo, existen precedentes de que a corto plazo las batallas las gana el que apela al corazón de las personas antes que a su cabeza. Esto es en parte porque los mensajes con carga emocional se viralizan más que los emocionalmente neutros. Un ejemplo utilizado con frecuencia es el resultado inesperado de la votación sobre el Brexit en 2016. Los británicos partidarios de quedarse en Europa pensaban que ya tenían un buen acuerdo, incluso el mejor acuerdo posible. Por consiguiente, lo mejor era dejar las cosas cómo estaban. Los partidarios de la salida, en cambio, optaron por argumentos más emocionales, cómo culpar a los inmigrantes de los problemas en el Reino Unido o argumentar que un presunto ahorro de la salida de la Unión Europea estimado 350 millones de libras semanales se destinaría a mejor el sistema de salud pública en un país con suficiente presupuesto cómo para mejorarlo si realmente existiese voluntad política. Según las evidencias, la desinformación y las noticias falsas se comparten un 70% más que la verdad y se propagan seis veces más rápido, y esto es obra de humanos, no de bots, lo cual indica que las redes sociales adolecen de un mal sistémico basado en la tendencia de los usuarios a compartir información sobre los peores aspectos del género humano.

Por último, la mentira lleva ventaja porque el espacio para la falsedad es mucho mayor que para la verdad. Sólo puede informar de lo que es cierto pero se puede desinformar de cualquier cosa inventada sin límite para la imaginación. Además, los psicólogos han comprobado que cuando las personas no están profundamente involucradas en un asunto o no son capaces de pensar con detenimiento, entonces tienen más en cuenta el número de argumentos a favor o en contra de algo que la calidad de los mismos.

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