Síndrome de Estocolmo Digital

Voy a contar algo que todo el mundo sabe pero de lo que pocos se han dado cuenta: la informática la inventó un sádico, y es para usuarios masoquistas.

Este no es un post serio. Es para pasar el rato mientras me tomo un café. No vaya nadie a sentirse ofendido por tanta hipérbole, topicazos y despropósitos vertidos a continuación.

Entre los catorce y los dieciseis años un adolescente se da cuenta de que no tiene empatía, de que no le gustan las reuniones sociales con los zoquetes de sus compañeros, de que no le interesa el fútbol y, a veces, ni las mujeres. Entonces decide hacerse informático en la esperanza de que le enviarán, como a Steve Jobs en su juventud, al sótano de Atari donde nadie le hable. Piensa en ser un protagonista de IT Crowd con sus gadgets en el inframundo y que le dejen en paz. Pasa 6 años de su vida 4, creo, ahora, con lo de Bolonia, sufriendo el martirio chino de unos exámenes de los cuales no entiende ni las preguntas hasta que buen día recibe por sorpresa un título y piensa: “he terminado la carrera, luego soy Dios”. Entonces prepara su currículum pensando que le llamarán de la NASA inmediatamente para pedirle que diseñe el software de la próxima misión tripulada a Marte, pero ¡recórcholis! la única oferta que recibe es de Videoflautas Entertaiment Inc. para ofrecerle un puesto en soporte técnico de su videojuego Pokemon III. Y así pasa los próximos dos años de su vida explicándole a los usuarios que a menos que tengan una tarjeta gráfica Nvidia multi-GPU el puto videojuego no funciona en alta resolución. Para entonces, el ex-adolescente no sólo odia a sus ex-compañeros del instituto sino que para él todos los usuarios en su conjunto son como los Morlocks. A veces no le falta razón en su diagnóstico (se sabe que en Apple usan secretamente chimpancés para probar sus interfaces de usuario en experimentos ilegales con animales). Ansioso de resarcimiento contra esa subespecie humana a la que le aprobaron las integrales en el bachillerato a cambio de prometer que estudiarían letras, resabiado contra los que estaban de cañas y porros mientras él intentaba aprobar Álgebra II, envidioso del MBA ese que gana el triple que él con un cerebro que si fuese dinamita no le alcanzaría para volarse la punta de la nariz, y harto de la rubia que folla más que el coño de la Bernarda, el sufrido programador encuentra por fin el instrumento perfecto para su venganza: el aplicativo. El aplicativo es como un teclado sin letras que proporciona descargas eléctricas aleatorias al usuario. Nada proporciona mayor placer al programador que observar cómo los usuarios intentan futilmente averiguar para qué sirve cada tecla entre calambrazo y calambrazo. Algunos usuarios incluso se presentan un día en el sótano llorando porque necesitan no sé qué informe para mediodía pero la exportación a Excel no funciona. “¿Hola? ¿En qué momento no te enteraste de que me hice programador porque no tengo empatía? Ergo ¿Qué mierdas me estás contando sobre que necesitas Dios sabe cual informe antes de las doce?”. Si le preguntas al informático cómo se atan los cordones de los zapatos te responderá con el polinomio de Jones que describe el nudo. Y hasta aquí todo normal (sólo un pobre chico marginal buscando algo de afecto) excepto porque el usuario empieza a desarrollar Síndrome de Estocolmo, y, en vez de ver al informático como su captor, empieza a percibirlo como su salvador. El informático disfraza su patético complejo de inferioridad en forma de perfeccionismo. Siempre está hablando de hacerlo todo bien, niquelado y muy Agile. El informático siempre tiene una solución (en la siguiente versión) y siempre está mejorando algo. Además, no existe ninguna otra profesión en el mundo que disponga de un vocabulario tan amplio para describir la fatalidad: error, incidencia, pete, casque, cuelgue, tueste… te pueden decir que se ha caído el servidor ¿de dónde se cayó? ¿quién lo estará recogiendo? o incluso que a la aplicación se le ha pirado el panchito o que los chanquetes del turno de noche la liaron con los backups. Nada de esto nunca responsabilidad del informático quien es en todo caso el héroe salvador del desastre que él mismo causó. El Agile Management (mananeo agilista en español) contribuye a la espiral sadística. Se considera que el acercamiento correcto es siempre buscar soluciones y no responsables. Esto fomenta una cultura de colaboración y no de competición. Con el resultado de que a la postre les trae sin cuidado si se olvidaron una lata vacía de anchoas dentro del servidor cuando lo abrieron para reemplazar el disco duro y ahora todo el CPD huele como la cubierta del Pequod. He visto tantas cosas que si me dijeran que el software se ha conectado con la tostadora de mi casa y ha carbonizado el pan me lo creería (la Internet de las Cosas es lo que tiene). Llega un momento en que el usuario empieza sentir simpatía por el programador, así es como el programador obtiene el amor perdido: haciendo prisioneros. En ese punto el usuario empieza a creer que él mismo es el responsable de sus problemas. Ya no ve al programador como ese ser en camiseta de Star Wars que se alimenta sólo de chocolatinas y bebidas hipercafeinadas mezcladas con paracetamol (el cerebro gasta mucho azúcar) y llega un momento en que capaces son los usuarios hasta de invitarle a una caña para agradecerle tanto esfuerzo en sacar trabajo adelante.

Posts relacionados:
Porqué la gente odia a los programadores.
Cheat Sheet de marrones en un proyecto

Compartir:
  • Twitter
  • Meneame
  • Facebook
  • Google Bookmarks
Esta entrada fue publicada en Mitos, arquetipos y filosofía. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *