Huir de los servicios como de la peste

Una cosa al menos he aprendido en los últimos 8 años como empresario por cuenta propia: jamás, en la medida de lo posible hay que tener una empresa de servicios. Quiero decir, empresas donde lo que compra el cliente son horas de mano de obra más o menos especializada.
De hecho, el problema de muchas compañías de software es que piensan que operan con una oferta de manufactura cuando realmente son empresas de servicios. Esto hace que se organice la empresa alrededor de la venta de un producto manufacturado. Cuando en realidad los ingresos acaban entrando por desarrollos y adaptaciones del software estándar que a posteriori hay que mantener totalmente a medida sin ninguna economía de escala.
Cuando oigo a los gurús del Software Libre decir: “¡Hey! Nosotros vamos a hacer dinero con los servicios”. Pienso: “¡Locos!” ¿Acaso no se acuerdan de la gran colección de fracasos sonados de empresas de soporte de Linux en los 90? (VA Linux, TurboLinux, Linuxcare, etc.) Prácticamente sólo RedHat y Suse quedaron en pie, excepto Mandriva gracias al chauvinismo francés y Ubuntu por el empeño personal del multimillonario Mark Shuttleworth.
Salvo contadísimas excepciones, la norma es que las empresas de servicios sólo funcionan bien cuando el fundador o fundadores cobran unos tarifas exorbitantes posibles sólo gracias a una excelente reputación profesional y aún así suelen degenerar.
Sinceramente ¿alguien conoce un taller donde realmente se pueda confiar al 100% en los mecánicos? ¿o un restaurante donde los camareros siempre estén atentos y el cocinero nunca queme la comida? Incluso en la gama alta de la cualificación profesional, los arquitectos, por ejemplo, empiezan ganando fama con edificios singulares, y continúan su carrera profesional con proyectos fast track sin propósito urbanístico ni estético claro y encargados sólo para que alguien se forre/se ponga medallas (me refiero a cosas como la Torre Agbar o el Complejo Madrid Arena).
Los problemas de fondo no son muy difíciles de escudriñar:
1º) Aproximadamente la mitad de los trabajadores son vagos y negligentes.
Si. Y me da igual lo que digan los defensores de la motivación laboral y los presutos expertos en recursos humanos. Los sufridos funcionarios llevan la fama, pero no nos engañemos, en el sector privado tampoco es todo el monte orégano. La cantidad de problemas que tienes en una empresa no depende de la carga de trabajo, sino de la cantidad de gente que tienes a tu cargo capaz de pifiarla.
2º) En Europa los salarios son exorbitantemente altos comparados con la productividad.
No es sólo un problema español, y no me lo estoy inventando. Aunque las economías crecen (más o menos) el PIB per cápita cada año va a menos, porque cada individuo genera un aumento mayor de gasto que lo produce.
3º) Los clientes son fastidiosamente roñosos a la hora de pagar por mano de obra.
Si se trata de venderles una casa, o un coche, o cualquier cosa tangible, entonces es más fácil que paguen. Pero cobrar por valor añadido intangible es dificilísimo. Tengo una amiga que trabaja como asesora de exportación. Quien pidió a una empresa de muebles 150€ al día por acompañarles 20 días de gira por China a buscar proveedores. O sea, una ganga. Cuando les pidió, además, un 4% de comisión sobre los acuerdos que pudieren alcanzarse, la empresa le preguntó si pretendía robarles y cancelaron el acuerdo.
4º) La masa salarial es un coste fijo imposible de reducir.
Debido a la rigidez del mercado de trabajo, si viene una época de vacas flacas, aunque sólo sean unos meses, y tienes demasiada mano de obra, lo puedes pasar realmente muy mal.
5º) Gestionar mano de obra es inherentemente complicado.
Yo diría que una empresa es algo muy parecido a una guardería. Que si “fulanito no me ha entregado a tiempo el informe que necesito”, que si “menganito le ha dicho al cliente pichiiflú y la ha liado”, “que si zutanito se ha cogido el sitio de la ventana sin avisar”, que si “perentanito se pasa el día en la sala de café”. De verdad que son como niños.
6º) Los clientes no tienen cultura de gestión.
Una de las razones principales por las que se subcontratan proyectos tecnológicos no es porque el cliente no pueda hacerlos él mismo. Sino porque no desea enfrentarse al marrón de la gestión de recursos humanos. Muchas consultoras de tecnología son en realidad ETTs encubiertas que funcionan como pistoleros haciendo el trabajo sucio de contratar y despedir gente que el cliente no quiere hacer actuando en realidad como vías de escape para eludir las regulaciones laborales. La mayoría de los clientes no son conscientes de que detrás de un proveedor de software hay necesariamente personas con nombre y apellidos, y en lugar de ello se comportan como si la empresa proveedora fuese una máquina cibernética impersonal de producción de bytes.
¿Exagero? Quizá. Pero véanse las empresas más exitosas en todos los sectores: IKEA, Zara, McDonald’s, Telefónica, Google, etc. Es fácil comprobar que en ellas se ha hecho lo posible por eliminar el factor humano de la ecuación. Ese es el gran logro de empresas como Oracle o Microsoft: que da igual a quién pongan de director de la filial española, porque seguirán vendiendo igual gracias al poder apisonador de su maquinaria de marketing.
Recordar: servicios no, porque a más gente, más problemas.

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