Internet de las Cosas es Gran Hermano

Ya hace más de una década que muchas empresas decidieron que su producto iba a ser sus usuarios. En todos estos años la tendencia no ha hecho más que acentuarse. Basta con instalarse por error Windows 10 (lo difícil es que no se te instale automáticamente incluso en contra de tu voluntad) para percatarse hasta qué punto Microsoft lo ha diseñado para recopilar información sobre todo lo que haga el usuario. Echar un vistazo a las cookies almacenadas en el navegador es descubrir aspectos de tu personalidad que ni siquiera tú eras consciente de que existían. El uso que hace una persona de sus tarjetas de crédito puede decirte prácticamente quién es. Y el patrón de uso de las apps se rumorea que es usado últimamente por algunos bancos para la evaluación de riesgos crediticios.

Hay dos dispositivos, no obstante, que han abierto todavía más oportunidades para el espionaje permanente a los usuarios: Google Nest y Amazon Echo.

Nest se compone de un termostato, una alarma anti-incendios y una cámara con la que ver el interior desde tu casa desde el smartphone. El problema es que Nest detecta cuánta gente hay en cada habitación de la casa en cada momento.

Echo es un interfaz de voz para Alexa. Se activa al escuchar la palabra “Alexa” y puede distinguir la voz de las personas. De modo que Alexa no sólo sabe cuántos hay sino también quienes son los presentes en una habitación ergo deducir fácilmente lo que están haciendo a partir de las interacciones con el dispositivo.

Algún día a lo mejor incluso aún llega al mercado aquella descabellada nevera conectada a Internet imaginada por alguien quien evidentemente no tenía ni idea de cómo y por qué la gente hace la compra. Pero mientras tanto, el siguiente paso es que los wearables recopilen información sobre nuestras constantes vitales en tiempo real y las envíen Dios sabe dónde. Interpretando nuestro ritmo cardíaco, sudoración, etc. será fácil conocer no sólo lo que estamos haciendo sino también cómo nos estamos sintiendo.

No debería haber problemas, en teoría, si toda esa información acerca de nosotros está almacenada de forma segura y sujeta a leyes estrictas de protección de la privacidad. Lo que sucede es que por la inexorabilidad que predice la Teoría de las Catástrofes, es inevitable que se produzcan filtraciones y malos usos a gran escala.

Las leyes de protección de datos personales han sido un primer paso pero es muy difícil adaptarlas con suficiente rapidez al progreso de los medios técnicos para la recopilación, análisis y explotación de datos sobre los usuarios.

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