Cómo las apps están fagocitando la web móvil

Si hay una forma de saber lo que no va a pasar en el futuro es ciertamente apostar por lo que dicen los gurús que sucederá. En el caso de la web móvil llevamos desde los tiempos del WAP (allá por finales de los noventa) con la cantinela de que la web móvil es el futuro. Y ahora resulta que el presente está dominado por las apps.

Según las cifras de las empresas de estudios de mercado, el número de usuarios que acceden a Internet desde un dispositivo móvil ya ha superado al de aquellos que acceden desde su PC. Pero, aún hay más, la mayoría del tiempo estos usuarios no lo pasan en Internet sino en una app. Y esto es malo.

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¿Por qué es malo que las apps estén fagocitando la web móvil? Pues debido principalmente a la posición extraordinariamente dominante que proporcionan las app stores a quienes las controlan, y en segundo lugar al daño que causan las apps a la adopción de estándares abiertos.

Yo de veras creo que la mayoría de los usuarios son adictos. Sólo de esa forma se explica la tendencia sistemática que tienen a adoptar sistemas privativos que funcionan más o menos como las drogas. Cualquier compañía de Internet valora ahora mismo más a los usuarios de las apps que a los usuarios de un sitio web, porque los de las apps son más adictos. Si te conectas desde un móvil o tablet a casi cualquier sitio web de alto tráfico lo primero que te sugieren es que te bajes la app específica para tu dispositivo.

La populariazación de las apps hay que estudiarla, además, desde la óptica de consumo de la gente joven. Conozco quinceañeros quienes afirman que Facebook está muerto porque ya nadie lo usa. Se trata de cómo y cuando se consumen contenidos que ya no es sentado en una mesa delante de la pantalla sino tirado en la cama o en tránsito en el metro, lo cual tiene profundas implicaciones para el diseño de la aplicación, la mayor de todas que la gente cada vez lee y escribe menos, y de ahí el éxito de Pinterest o Instagram o, más recientemente, Tingle. Los usuarios más jóvenes esperan una satisfacción inmediata, pequeñas recompensas a corto plazo similares a las que proporciona una máquina tragaperras a la que juegan mientras van al instituto o esperan a que terminen los anuncios en la tele.

Este uso creciente de las apps amenaza con relegar la WWW a usos de nicho como buscar la app para descargarla o consultar contenidos específicos como Wikipedia mientras que el consumo de productos de Internet vira hacia algo similar a la televisión por cable donde unos pocos controlan lo que ven (o no) los usuarios.

Las implicaciones de las app stores desde el punto de vista del marketing son enormes ya que producen una disrupción en el modo en que se encuentran productos y se ve publicidad, cambiando desde el banner o el enlace patrocinado al posicionamiento en el ranking de apps y la publicidad dentro de la propia app (si la permiten). Los propietarios del canal de las apps decidirán arbitrariamente si una de ellas puede publicarse o no, la política de Apple al respecto ya dice literalmente eso, y la han puesto en práctica en no pocas ocasiones, por ejemplo para eliminar aplicaciones gratuitas que copaban el top 10 en favor de otras sobre las que Apple se lleva un 30% de comisión sobre ventas, o para prohibir apps relacionadas con Bitcoin.

Los más conspiranoicos incluso afirman que Apple y Google han empezado a deteriorar a propósito el rendimiento de JavaScript en los navegadores para incentivar a los usuarios a que se bajen apps, dudo de que tal extremo se acierto, pero lo que sí se es que la nueva versión de Google Maps va como el culo (al menos en mi Firefox).

Al final, como de costumbre, le tocará al mercado reajustarse por si mismo. Cuando las condiciones de Apple y Google se tornen demasiado abusivas para los usuarios entonces empezarán a aparecer canales alternativos como setas. Y cuando los desarrolladores se harten de herramientas privativas volverán a reclamar plataformas abiertas igual que ya hicieron en el pasado.

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