Licencias de Office y el Ayto. de Barcelona

La historia que escriben de sí mismos los grandes mandatarios, desde los antiguos faraones hasta los políticos contemporáneos, está llena de pírricas victorias. Me refiero a aquellas cosas que se hicieron a costa de un esfuerzo económico y humanos desproporcionado.
Hacer por hacer es muy fácil. Sólo hay que coger la abultada saca del dinero que hoy día manejan ayuntamientos como el de Barcelona o Madrid. Y llevar cualquier proyecto a pleno, a subasta de votos cual lonja de pescado. Y dado que, de antemano, ya está todo el pescado vendido, pues existe una probabilidad del 95% de que el proyecto, sea lo que sea, se apruebe.
El ayuntamiento de Barcelona, una administración que, para mi, destaca más por su marketing que por su brillantez en la ejecución, ha decidido hace poco comprar 6.000 actualizaciones de Office por 524.000€ (según parece, por la vía de la adjudicación directa).
Borja dice que son enemigos del software libre, Fernando que legislan a golpe de talonario, y Juantomás que extrapolando las cifras el estado gastaría cada tres años 7 veces más en licencias de Office del presupuesto andaluz para la ley de violencia de género.
En realidad, se podría decir que el precio que ha negociado el Ayuntamiento de Barcelona por las actualizaciones es muy bueno. Según mis cuentas, han pagado alrededor de 80€ por cada actualización que en el canal minorista cuesta alrededor de los 320€. Es decir, Microsoft les ha hecho un 75% de descuento sobre precio oficial.
De lo que nos quejamos es de que, incluso con semejante rebaja, se trata de un gasto que podría haberse reducido a menos de la mitad, si tan sólo se hubiese planteado la posibilidad de probar OpenOffice aunque sólo fuere de forma parcial.
Tomar decisiones fáciles y seguras gastando el dinero de otros sabe cualquiera. Lo meritorio es comprar soluciones prácticas e innovadoras a precios razonables.
Y este estilo de compras no sólo tiene que ver con lo del software en el Ayuntamiento de Barcelona, que en definitiva es una minucia respecto del presupuesto global. Sino que, en general, últimamente, lo que se lleva son las inaguraciones de proyectos faraónicos, carísimos, y, a la postre, muy poco prácticos. Hechos mayormente para que el político de turno luzca sus grandes logros cual vedette cargadas de medallas.

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